El por qué he titulado mi Blog
“El Chiffonier de Mi Abuela”
A continuación, un tributo que le hiciera a la viejecita que me lo inspiro el día de su muerte, un 8 de junio de 2009.
Abuela nació el 20 de febrero de 1910 en La Habana, aunque vivió en La Villa de Pepe Antonio, Guanabacoa, en la periferia de la capital cubana, hasta 1970 en que abandonó la isla cubana, la patria que nunca olvidó.
Abuelita Consuelo amó la vida como Dios se la concedió. Vivió consagrada a su familia, siendo recíproco nuestro amor hacia ella hasta el último hálito de su vida. Apreció las pequeñas cosas que hacen grandiosa la existencia: el trino de un ave que vuela raudo a defender su nido o ingenuamente saluda al sol con su canto.
Me decía que la lluvia eran lágrimas del cielo y que las gotas del rocío eran perlas que brotaban de los ojos de la Virgen. Ya, viejita, pasaba algunas horas sentadita en el balcón, era su pasatiempo: mirar como los paticos recién nacidos se movían graciosamente detrás de la madre, que les enseñaba a beber el agua que había quedado estancada en cierto agujero en el pavimento; asimismo, admiraba al buen samaritano que día a día se dedicaba a darle de comer a los animalitos del lugar y expresaba conmovida que, "ese señor era un ejemplo de San Francisco de Asís y que justamente, era la actitud cristiana que debía adoptar el resto de la humanidad con las criaturas de la fauna, máxima con sus semejantes”.
Abuela vivía muy lejos de lo vano y lo superfluo que abriga la frivolidad, su espíritu se elevaba a la máxima expresión de su natural candidez y espíritu altruista.
Saludaba a los vecinos con su mano blanca y fina ya temblorosa por los años, siempre dadivosa de afecto, mientras contemplaba las hojas de los árboles desprenderse de las ramas, así como caían las hojas de su vida. Allí, solita en su balcón, junto a su adorada gatica, mientras que la luna, su astral y ferviente visitante, peinaba las nubes de su cabello con su refulgencia inmaculada y sus hermosos ojos de un profundo océano azul, se iban cerrando al silencio de la noche con todos los recuerdos atesorados en su memoria, albergando en la ultima etapa de su ocaso, la esperanza de ver fulgurar un rayito de luz de una nueva aurora.
Mi abuelita fue un ser desbordado de ternura, sencilla y alegre. Era esa misma sencillez la que la enaltecía y la hacia brillar con luz propia. En su interior, cobijaba una niña que se quedó intacta en su alma hasta el fin de sus días, con un espíritu límpido, casi inocente, con una sonrisa siempre que brindar en las alegrías y penas.
Pasó un mes y días entre la vida y la muerte, extinguiéndose poco a poco hasta que las fuerzas y la decepción abandonaron su consumido y frágil cuerpecito, y su amoroso corazón se llevaba con sus últimos latidos, la triste verdad del develo de sus críticos inquisidores. Sin embargo, su amor nobilísimo no conocía el rencor y se marchó con un gesto de paz y de perdón dibujado en su entrañable rostro y una delicada sonrisa elevada hacia el cielo.
En la madrugada de su muerte y en la soledad del hogar que fuera refugio de sus últimos días, abrí por primera vez el Chifonier de mi Abuela, un lindo mueble antiguo que ella cuidaba con esmero y donde guarda todo su caudal: el amor a Dios transpiraba en su interior, así como su lealtad a la patria y el conocimiento y orgullo evidente de su cultura y sus raíces; poseía una profunda admiración por las artes, en la que destacaba su sensibilidad por la poesía, la música y la buena lectura; allí guardaba álbumes con fotografías de sus antepasados y descendientes y al lado de cada uno de nosotros un verso de su inspiración; nunca supimos, hasta ese momento, que por varios años había auxiliado a un niño pobre de Etiopía y que ayudaba a los niños necesitados del África a través de una Iglesia Católica, con quienes mantenía correspondencia y mandaba la suma de lo que podía mensualmente y ellos, en reciproca gratitud, le enviaban artículos religiosos elaborados por las manos de esos niños y religiosos de la congregación; tampoco conociamos de su interés y patrocinio a investigaciones Científicas-Médicas con principios eticos.. Sin embargo, nada de esto me sorprendió ya que conocía la bondad de su corazón, simplemente confirmé una vez mas, lo que siempre había pensado de mi abuela: que había sido genuinamente una mujer excepcional.
¡Abuela querida, gracias por tu incondicional amor, por tu dulce abnegación! ¡Gracias, por constituir una parte armónica de la persona que hoy soy, por corregirme, forjándome más fuerte ante la adversidad! Sé tú, la luz que nos guíe por caminos de justicia. ¡Gracias, abuela, por protegerme del peligro con tu sabio instinto, mientras escalabas conmigo las montañas para tocar las estrellas junto a ti!
Dinorah C Rivas

